Dance Poems

Poesía ecfrástica


  • Tell me who wants your blinded eyes
    Saúl Fimbres
    The war maintains it’s Saturday
    that in Ayotzinapa the barbarians prevailed
    with your accomplice grin,
    that we will not glimpse the face of Julio César Mondragón,
    student.
    The war maintains that it shields itself under the night
    that in Las Choapas the barbarians prevailed
    because you acquiesced to a murder, a ‘crime of passion’,
    that we will not hear the voice of Gregorio Jiménez,
    journalist.
    The war maintains that the zone is a lost cause
    that in San Fernando the barbarians prevailed
    because you mutilated and robbed the migrant,
    that 72 families will not embrace their brother again.
    The war maintains that the world is filth,
    that in Mexico the barbarians already prevailed
    because you turned your back on the gang,
    that we will not get our dignity back.
    The war maintains that the barbarians humiliated us,
    that right now everything hurts
    because you schemed
    rapacious
    the plundering;
    you dug the ditch
    you buried on the hillside
    the ‘hitman’
    the ‘squealer’
    at the head of which you were pierced
    by an ‘undetermined’ amount of bodies.
    The war maintains that the barbarians
    chant over the dead body,
    offer $1,000,000 to find it
    a house to forget it
    a commission
    from Cadereyta to Iguala
    from Santiago Papasquiaro to Temixco.
    The war maintains that this night
    howls morning
    you maintain the ruins.

    Traducción de María Cristina Fernández Hall y John Z. Komurki, publicada en la antología web Poets for Ayotzinapa, de Mexico City Lit, en: http://mexicocitylit.com/poetsforayotzinapa/
  • a Gerardo Deniz 

    a toro (¡jau!) pasao por agua o
    mejor cocido
    no
    h
    ay poeta que sepa
    qué silbar al azar
    sin rozar
    el envés de este vals /
    «menos mal – menos mal – menos mal» (:
    a coro)
    —erizada la dicha en terracita
    arciprestal

    José-Miguel Ullán
  • Es preciso, es preciso, es preciso que se caigan los muros, escribió en 1937 José Revueltas en “Nocturno de la noche”, un poema dedicado a Efraín Huerta. Hoy 2014 los mexicanos seguimos presos tras esos muros, agonizantes.
    Durante 1943, se sabe que José Revueltas leyó Mientras agonizo, [1] del estadunidense William Faulkner, una novela donde prima la decadencia, al igual que en la prosa de Revueltas, plagada por figuras y metáforas obsesivas, que de una novela a otra se repiten: ríos, piedras, caciques, tuertos, los apandados de sí mismos, la madre, la ceguera, lo putrefacto.
    Y es que José Revueltas, consciente de que escribir es una forma de llorar, encontró en las palabras la vestidura de su ser. Un agonizante, escribió en En algún valle de lágrimas, carece de su auténtica vestidura, aquella que dota de acción y poder a los sujetos. En su poética, escribir no es desnudarse; escribir es arar senderos, trazar caudales, grises, donde abismarse, allí donde haya muerte y vida, movimiento y quietud, revolución y contradicción. [2]Somos contingentes, declaró Revueltas.
    Estos principios también dan origen a su estética ecfrástica, forjada entre lenguajes verbales y visuales. Sus poemas apelan a la sucesión de imágenes; en sus novelas, como en sus guiones cinematográficos y argumentos teatrales, encontramos citas, intertextos, parodias e ironía. En Los días terrenales, para Revueltas, la más madura de sus novelas —y que en palabras de Salvador Novo debió ser un best-seller—, encontramos con claridad representaciones de objetos no textuales, como los tonos de voz o la música, de la que Revueltas cita versos populares de “El caimán”, un guiño, además, al reptil-cacique que desencadena parte de la trama:

    El cacique cedió suavemente, y entonces Ventura, que estaba en cuclillas, se puso a dibujar sobre la tierra figuras sin sentido que después hizo desaparecer con la palma.
    Levantó la mirada hacia Gregorio.
    —Ora lo verás —dijo en un susurro, y en seguida se puso a entonar un huapango de la región.
    Se salieron a bailar
    la rosa con el clavel…
    La rosa tiraba flores
    y el clave las recogía…
    “Ora lo verás”, se repitió Gregorio al advertir nuevamente cómo las expresiones de Ventura trastocaban el uso de los sentidos. Ver por oír. Oír por ver.
    … La rosa tiraba flores
    y el clavel las recogía… [3]
    O, dado que los sonidos evocan imágenes, una que otra canción del periodo de la Intervención, como “Las torres de Puebla”:
    Sólo hasta ese momento fue cuando pudo escuchar los acordes de una guitarra que acompañaba, tal vez desde hacía algunos minutos, la canción doliente y triste de una voz. Sólo hasta este momento, como si antes hubiera estado sordo. El hecho le causó una desazón inexplicable.
    Dónde están esas torres de Puebla,
    dónde están esos templos dorados,
    dónde están esos vasos sagrados,
    con la guerra, ay, todo se acabó… [4]
    Así como códigos iconotextuales, referentes a los colores y la pintura:

    Quiso tan sólo fijar los colores, únicamente atarlos antes de que lo traicionaran. Gris, malva, sepia, azul, rojo, negro, naranja, rosa, otra vez azul, un malva desconocido, blanco, otra vez todos, gris, sepia, rojo […]— Se me figura —dijo uno de ellos— que el compañero Gregorio puede prestarnos un servicio muy grande —Gregorio alzó los ojos—. ¿Quieres dárnosle una manita de color a la Santísima Virgen y al Señor San José, que se nos están despintando? —dijo finalmente el campesino. Gregorio aceptó con gusto. [5]
    Pero, sin duda, la descripción fundamental que Revueltas realiza, en voz de Gregorio, gira sobre el Entierro del conde de Orgaz, de El Greco:

    Gregorio pensó en la figura, de izquierda a derecha, del segundo monje que se encuentra en el cuadro de El Greco, ese capuchino que con la palma vuelta hacia un cielo donde tanto sucede y donde la suprema anacronía del Más Allá resume todas las dimensiones del Tiempo, señala hacia el difunto con una expresión singularísima, en la que su resignada e inteligente tristeza no es obstáculo para que al mismo tiempo lance un reproche hacia nadie, impersonal y lleno de admiración discretamente dolorosa, en la que parece cifrar la más tranquila y elocuente conciencia de lo perecedero y transitorio de la vida. [6]
    Gregorio apretó los dientes. El Entierro del conde de Orgaz. La misma mezcla secreta e impúdica de reprimido goce, de disimulada hipocresía, de miedo a la muerte y de tranquilidad por no tratarse de la muerte propia, y que también él experimentaba, pues desde un principio —a pesar de que trató de engañarse al respecto— sabía el nombre del cadáver. [7]
    El interés por la representación verbal de un objeto plástico se justifica en tanto el personaje de Gregorio fue un estudiante de pintura en la Academia de San Carlos (como Fermín, hermano de José), a partir de esto, su mirada es capaz de registrar las variaciones del instante: la contemplación, el goce, la búsqueda de Dios. [8]Se trata de relaciones de transferencia, un recurso para acercar lo real a los conflictos internos de los personajes.  
    A lo largo de la historia, seguiremos traspasando los límites de lo verbal, a través de la lectura/escritura de citas (a la Internacional, a Manuel Rodríguez Lozano, la Revista de la Universidad, etcétera), y alusiones que, al mismo tiempo, se recrean en un nuevo objeto multi-temporal.
    Nada es fortuito en la escritura de Revueltas, rasgo que distingue su verdadero compromiso. Él dispuso las palabras como si se tratasen de pinceladas, notas musicales o secuencias cinematográficas; las palabras son pistas y revelación para los lectores, para que decodifiquen lo que él vio, escuchó y vivió, como el “13-74” que fue en las Islas Marías y como José Revueltas. Pistas también para cuestionar e ironizar las contradicciones humanas que pretenden justificar militancias anacrónicas y comunismos de escapulario, lo que Revueltas llamó, sin tapujos, la podredumbre de la ideología, de las relaciones políticas y sociales, allí donde reside lo agonizante del aparato político mexicano y, sobre todo, de la izquierda que desde entonces se resguarda tras sus curules.
    Para que caigan los muros, hay que “soportar la verdad […] pero también la carencia de cualquier verdad”. La atroz vida humana y su egoísmo histórico que, en algunos momentos, es capaz de arrastrarnos en su tirisia, esa nostalgia que sólo se cura en los ríos o a través del arte.
    Me gusta especular que, quizá, en el momento en que Revueltas decidió suspender la distribución de Los días terrenales y guardar distancia política de los acríticos que le dejaron solo, sanó su tirisia a través de la música que, como la literatura, también es capaz de empoderar a los sujetos, tal como lo demuestra la pieza musical que Carlos Jiménez Mabarak —quien fuera alumno de su hermano Silvestre— le dedicó en Sala de retratos; una pieza que en tres minutos representa planos emotivos en torno a lo acechante (agonizante) y la redención (liberación), lo mismo que tópicos musicales propios de una suite para orquesta, en orden ascendente y que tras un puente de silencio prosiguen su ritmo estoico, hasta el final.
    Ésa es la esencia de la inconforme obra de José Revueltas. Obra que, dada su inquietud y experimentación literarias (de la poesía y el cuento a la novela y guión cinematográfico u obras teatrales, del periodismo al ensayo político) debería habitar en los espacios públicos, como el vuelo de un pájaro, tan sólo porque el autor buscó siempre la interacción democrática con sus lectores desde lenguajes cinéticos. Nos quedan El apando, Tierra y libertad y Zapata. Nos quedan sus Cuestionamientos e intenciones, también sus Errores.
    Si Blanco, de Octavio Paz, llegó a la voz de Marisa Monte, la poesía de Villaurrutia a Jaime López o el Gazapo, de Gustavo Sáinz, a Belafonte Sensacional, ¿por qué no comenzamos a cantar, para derribar los muros, Los días terrenales de José Revueltas?
      Zazil Collins
    Escritora | Radio DJ
    * Publicado en Cultura urbana, UACM, marzo de 2015


    [1] Léase “Sobre mi obra literaria”, en Cuestionamientos e intenciones (Era, 1978), p. 103-104.
    [2] La vida no era sino una cadena de transacciones, un proceso de inter penetraciones de contrarios, Los días terrenales (Era, 1979), p. 143
    [3] íbid, p. 29
    [4] íbid, p. 170
    [5] íbid, p.28
    [6] íbid, p.22
    [7] íbid, p. 81
    [8] “Aquel deseo impetuoso, ardiente, de amar y ser amado”, íbid, p.143 

  •  

    Guías, Espáider,

    ilusiones de telarañas,
    opa, opa;
    veinte
    años,
    normalista,
    nombre
    izado.
     
    Quiero saber dónde está Giovanni Galindes Guerrero.
     
     
     

     

     

    Ave de Tecoanapa,

    besas a tus padres,
    entonas y
    labras su silencio.



     
    Quiero saber dónde está Abel García Hernández.
     
     
     
    Los mangos que cortaste
    una tarde en la presa
    irradian tus labios,
    silenciosos,
    Amiltzingo, te extrañamos;
    nosotros también
    gritamos,
    enumeramos,
    lloramos.

     
    Quiero saber dónde está Luis Ángel Abarca Carrillo.
     
     
     
     
     

    Justo, Churro,  
    eres hogar,
    sustento
    único 
    sol.


    Juramos 

     
    organizar el
    verbo ausente;
    anunciamos,
    noble Churro:
    y aquí vamos a seguir.




    Quiero saber dónde está Jesús Jovany Rodríguez Tlatempa.   
     
     
     
    Siempre riendo, Chicharrón,
    amigo de Tecuanapa,
    urdes las bromas
    liviano, como el molino de tu viento.

     

    Quiero saber dónde está Saúl Bruno García.
     
     
     
     
     
     
    Costa,
    aliento y sangre
    regaste;
    limo,
    ombligo,
    salitre.

    Lozano, Frijolito,
    ondeamos  
    ruego común,
    entonces
    no temas
    zozobra,
    otros marchitan.

     
    Quiero saber dónde está Carlos Lorenzo Hernández Muñoz.




    Inolvidable en la
    saloma de normalistas
    reniegas de tu apodo;
    a mitad de camino, tu Atliaca,
    entre Tixtla y Apango,
    limen de casa.

     

    Quiero saber dónde está Israel Caballero Sánchez.

     
     
    Juntas, Coreano,
    huerta y agua
    originan tu
    simiente
    imborrable,
    venidera alegría con que
    abrazas a Omeapa;
    noctámbulo, caminas,
    ida y vuelta, 4 km a casa.
     
    Quiero saber dónde está Jhosivani Guerrero de la Cruz.
     
     
     
    Al arcoíris con los Pirotécnicos,
    del Fortín a Ayotzinapa,
    alistas finta y pase al
    norte: gol. 


    Quiero saber dónde está Adán Abraham de la Cruz.
     
     
     
    Mamá te espera, Tuntún,    
    al alba;
    rebelde,
    con la inocencia del relajista,
    ojimoreno Tuntún,
    amigo bromista,
    no te olvidamos.
    Tixtla
    otea, Tuntún,
    noches ígneas,
    inermes,
    oscuras, como letras de Stravaganzza.

     


     

    Quiero saber dónde está Marco Antonio Gómez Molina.
     
     
    Frágil
    espalda,
    la cicatriz en tu nuca
    invoca
    pasado y remanso
    en Rancho Papa.
     

     

    Quiero saber dónde está Felipe Arnulfo Rosa.

     
     
     
     
     
     
    Jovial rostro
    ovalado
    rodéanos con tu
    gesto,
    escúchanos.

    Adiós,
    ningún alguien nunca, dijo;
    tocamos tu mejilla,
    ocho y media, de noche
    nos oyes:
    inícianos,
    ora, Tixtla.

     
    Quiero saber dónde está Jorge Antonio Tizapa Legideño

     

     
     
    Entonamos sus nombres, Pilas,
    mientras sereno
    iluminas
    los ecos,
    ideas: ímpetu;
    aquí estás,
    no
    olvidamos.
     

     


    Quiero saber dónde está Emiliano Alen Gaspar de la Cruz.

     
     
     

    Clamamos justicia por los

    éxodos, las
    sendas que nunca se han de volver a pisar:
    aciago 26 de septiembre, cantaron
    rapsodas.

    Marinela, Panotla,
    amigo,
    no eres piedra
    umbría:
    estás vivo,
    libre, César Manuel.
     

     

    Quiero saber dónde está César Manuel González Hernández.
     
     

     

    Mira, Botita,

    inicia algo nuevo,
    grandes sueños:
    un árbol frondoso
    entre nuestras manos;
    lo sabrás, Botita.
     

     

    Quiero saber dónde está Miguel Ángel Hernández Martínez

     
    Cultivas
    utópicos ideales,
    tarareas, amigo de todos,
    baladas:
    el Kománder de Atoyac, y
    ríes como Bob Esponja,
    temible
    optimista.


     

    Quiero saber dónde está Cutberto Ortiz Ramos.




    Juan R. Escudero natal
    otea,
    runrunea tus diecinueve años,
    gesta tu tranquila
    estela, amado Chabelo.
     

     

    Quiero saber dónde está Jorge Álvarez Nava

     
     

    Los compañeros, Cochilandia,
    unidos te buscan,
    impulsan este memorial;
    sereno, no van a parar.


    Quiero saber dónde está Luis Ángel Francisco Arzola.




     
    Juntar los bríos, 
    observar el cambio,
    separar la grava del
    élego a la esperanza.

    Esperanza
    de
    un porvenir;
    alzar un mundo,
    resistir el viento negro,
    dormir tranquilos,
    ojalá.



    Quiero saber dónde está José Eduardo Bartolo Tlatempa.


    Labriego
    estudioso
    orienta tu sueño,
    néctar de querencias,
    endulza tu Magueyito,
    lazo filial.

     

     

    Quiero saber dónde está Leonel Castro Abarca.

     
    Matlalapa te espera, Espinosa,
    alfabeto abierto 
    unísono; 
    raptaron lengua,
    imaginación,
    cuarenta y tres compas,
    identidades
    osadas.
     

     

    Quiero saber dónde está Mauricio Ortega Valerio.

     

     
     
    Magda
    aprende para enseñar
    garantías individuales,
    derechos humanos,
    anatomías del poder,
    libre expresión,
    educación bilingüe,
    nociones de amor,
    oficios colectivos.

     

    Quiero saber dónde está Magdaleno Rubén Lauro Villegas

     

     
    Manta, 
    aliento,
    remanso,
    tac, tac, corazón
    ígneo,
    nostálgico balón a tierra.
     

     

    Quiero saber dónde está Martín Getsemany Sánchez García.

     
     
     
     
     
     
    Julio es el
    ubicuo
    latido que
    ilumina la
    oscuridad.
    .
     
    Quiero saber dónde está Julio César López Patolzin
     
     
    Jolgorio
    oculto,
    serio Pato,
    éste es.
    La luna de Amiltzingo
    unifica tu voz
    inocente;
    sonríe tranquilo, Pato.
     
    Quiero saber dónde está José Luis Luna Torres
     
     
    Jirones tras la espalda
     
    olvidas en medio campo,
    surcas, rematas, 
    épale, Pepe.

    Águila que caza
    nubes,
    goles,
    espuma y hule para dormir
    largas noches.
     

     

    Quiero saber dónde está José Ángel Navarrete González.


    Jilgueros te avivan,
    orbitan,
    silban:
    él es amigo de todos.


    Áxcale, benjamín del grupo,
    nacaradas
    golondrinas
    en la penumbra
    levan.
     
    Quiero saber dónde está José Ángel Campos Cantor.

     




    Junto al Kínder, Magallón y Chivo

    otro porvenir crece;      
    reanimamos su búsqueda,
    grávidos de cariños y
    esperanza.             
     
    Los buscamos, Charra,
    unidos, 
    incorruptibles, 
    sajados por tu cicatriz.
     

     

    Quiero saber dónde está Jorge Luis González Parral.
     
     
    Calma, Diablito,
    asómate, aquí hay
    ramos y canciones,
    lápices y papel,
    ofrendas y
    silbidos traviesos.

    Quiero saber dónde está Carlos Iván Ramírez Villareal.

     

     

     
    Como huesquixtle
    rodéanos,
    inventa, Hugo,
    segundos de tonadillas,
    traza tu zapateado,
    invoca, sigiloso, el tiempo;
    alimenta al tecuani,
    noche tambor.

     
    Quiero saber dónde está Christian Alfonso Rodríguez Telumbre.
     
     
    Dichosos
    ojos, Kínder,
    rebuscan,
    ingrávidos,
    alegrías y
    mimos de Jorge Luis.

     

    Quiero saber dónde está Doriam González Parral.



    Abe de Atliaca al
    balompié;
    entrenas,
    libro tras libro,
    atlético lector:
    regate y pase
    delantero,
    olfato de goleador.

     

    Quiero saber dónde está Abelardo Vázquez Peniten.
     
     
    Anhelas enseñanza y
    lazos con El Pericón,
    el campo de tu sangre,
    xoconote;
    adelante con fe y sin temer,
    normalista,
    diecinueve años
    engarzan
    razones y magno deber.

    Quiero saber dónde está Alexander Mora Venancio.

     

     

    Mientras tu mejor amigo
    incentiva tu recuerdo,
    grácil trabajador e hijo,
    urge fuerzas, motivos,
    exigencias
    llenas de justicia histórica.


    Quiero saber dónde está Miguel Ángel Mendoza Zacarías.


    Asombrados
    nos dejaste, elocuente Copy,
    tocando con tu guitarra
    octavas y
    nobles letras;
    infatigable lector
    ojea y sigue jugando.

    Quiero saber dónde está Antonio Santana Maestro.


    Bríos para
    educar las comunidades,
    nítido objetivo, Dormilón;
    juras luchar contra el muro de ignorancia,
    alfabetizando como
    maestro voluntario;
    ímpetu, Comelón,
    natural es la sed del saber.

     


    Quiero saber dónde está Benjamín Ascencio Bautista.


    Bienaventurados tus 21 años;
    en tu pecho
    reluce un lunar,
    natural manita de gato,
    aire de familia
    rebrotando;
    dejamos el miedo atrás,
    organizamos la noche.

     

    Quiero saber dónde está Bernardo Flores Alcaraz.


    Juntos
    ostentan, Chivo,
    rasgos
    gallardos de Xalpatláhuac:
    empuje.

     

     
     
    Quiero saber dónde está Jorge Anibal Cruz Mendoza.

     

     
    Junto a Beny,
    ondea, desde lo alto,
    nudillos y nombres,
    ágil
    semilla Ticuí.

     
    Quiero saber dónde está Jonás Trujillo González.
     
     
     
     
     
     

     

     
    Ilusionado diste
    saltos para estudiar,
    robusto Chukyto;
    al final, mamá
    espera que
    llegues pronto.


    Quiero saber dónde está Israel Jacinto Lugardo.
     
     


    Cruzar de Tlacolula de Matamoros
    hacia Ayotzinapa,
    rumbo a la escuela,
    ideando el progreso,
    sin caer en la desesperanza,
    tirando del arado
    inspirando;
    algo haremos,
    no bajamos la mirada.

    Quiero saber dónde está Christian Tomás Colón Garnica.
     



    Música, Magallón:
    acaso tropical o
    rapsodias de la Costa Chica;
    cántanos cumbias,
    improvisa, 1, 2, 3,
    aires en do, re, mi, fa, sol,
    la, si, do, re con trompeta y tarola.

    Quiero saber dónde está Marcial Pablo Baranda.

     

     

                                           
    El Shaggy de Omeapa
    valiente
    estudia;
    resuena un doo-be-doo-be-doo
    acullá, y 
    reparte el maíz por igual:
    deber del 
    orgulloso normalista.


    Quiero saber dónde está Everardo Rodríguez Bello.

     
     

     

    Zazil Alaíde Collins
     
     

    Información personal tomada de los testimonios recabados por Paris Martínez:

  • La historia es de espadaña;
    los camilos la esperan.
    Como una ciruela pasa. De tu alma.
    Iris de aceituna o querencia del dátil.
    No seremos la primera estrella.
    Acepto ser el fantasma de tus amantes.
    Quizá, magnolia,
    Bardo a cántaros.
    La panga quiso dejarme atrás.
    Pero la ciénaga es demasiado
    ojo de agua para pernoctar.
    Cada lirio susurra
    erecto en tus tallos. 

    It’s a bulrush story;
    Camillians are awaiting.
    Like a prune. From your soul.
    Iris of the olive or fondness of the date.
    We will not be the first star.
    I accept being the ghost of your lovers.
    Maybe, a magnolia,
    Bard in plenty.
    The barge meant to leave me behind.
    But the swamp is too much
    an eye of water to pass the night.
    Every lily whispering
    stiff in your stems.

    Zazil Alaíde Collins

    Traducción: Pilar Rodríguez Aranda
    Composición, teclado y voz: Citlalli Toledo
    Bajo eléctrico: Marco Tulio Gámez
    Sax: Jazmín Luna
    Tema grabado en Classic shit por Eric El Niño, con apoyo de John Maloso Kong
    Mezcla y masterización: Pablo Jibrán Flores
  • XL
    ¿Quién no ha sentido miedo por abrir la puerta blanca? Se preguntaba, con la escopeta, tan cerca de la boca, Desertor que, buscando cazar gallina, acertó al corazón en desahucio. Comía tierra, con el azar, tan cerca. En la pila de fusilamientos, Bardo grabó la palabra “burned” en sus ojos. La mujer del loto le habló a través de la cal. Quienes queremos cambiar estamos solos, y pagamos las consecuencias.
    XLV
    Cautivo piensa en las cosas que hace cantando. Hay bajonubes que tocan los cerros para anunciarnos la lluvia. De estratos, a sus costados, a mamuts insolentes, imponentes nimbus que nunca se cansan de montar. Remolinan la vida, con el frío lila; una presa donde el sol esconde la neblina. El blanco de la membrana elástica del vaho. Un instante que desaparece, cuando su mano se hace la filipina, después de una seca velada con su lengua. Al verdor del fuego de la piedra contra la piedra, la maría del viento en su alma despierta. Tan cerca, donde el corazón es despoblado, a través del hielo. La sal se encuentra con el patíbulo, por donde se interna. Destella desnudo. Encama. 
    XLVI
    Un caracol peregrino se aconcha al abrigo de la tierra. Yo abajo al lugar de los oradores, frente a la lápida de Bardo. Desertor siempre extranjero entre invasores pastorea copos y aprehende el tiempo desde la premonición. Como sedas al mar, vela cúmulos de piedras en las que nada ha logrado anclar; bajo un agua oculta de ojos de bruja. Desertor repiensa la telaraña, nimbusorvallo del temperamento del cielo. Dibuja las vértebras a sus cirros, nimbófilo 29462: domicilio sin recuerdos. Entre Tabucchi y Bazlen, el mar de Tanner supo situarle tantos vapores, como olas al viento de Penderecki. Trenos.


    Zazil Alaíde Collins

  • Sostiene la guerra que es sábado
    que en Ayotzinapa los bárbaros ganaron
    con tu risa compinche,
    que no vamos a conocer el rostro de Julio César Mondragón,
    estudiante.
    Sostiene la guerra que se escuda bajo la noche
    que en Las Choapas los bárbaros ganaron
    porque asentiste un crimen frente al «móvil pasional»,
    que no vamos a escuchar la garganta de Gregorio Jiménez,
    periodista.
    Sostiene la guerra que es terreno quebrado
    que en San Fernando los bárbaros ganaron
    porque mutilaste y extorsionaste al migrante,
    que 72 familias no volverán a abrazar al hermano.
    Sostiene esta guerra que el mundo es inmundo,
    que en México los bárbaros ya ganaron
    porque abandonaste la manada,
    que no vamos a recuperar la dignidad.
    Sostiene la guerra que los bárbaros nos humillaron,
    que a esta hora todo duele
    porque pactaste 
    rapaz
    el despojo;
    cavaste la fosa
    enterraste en laderas
    al «halcón»
    al «soplón»
    a la cabeza del que se te atravesó,
    un número de cadáveres «sin determinar».
    Sostiene la guerra que los bárbaros
    cantan sobre el muerto,
    ofrecen $1,000,000 por encontrarlo
    una casa para olvidarlo
    una comisión,
    de Cadereyta a Iguala
    de Santiago Papasquiaro a Temixco.
    Sostiene la guerra que esta noche
    grita mañana
    tú sostienes las ruinas.

    Zazil Alaíde Collins