La discontinuidad de Vehicle of Ascension

El silencio/ es el espacio de la música:/ un espacio/ inextenso:

Octavio Paz

Vehicle of Ascension / Foto: Ricardo Vargas

Vehicle of Ascension / Foto: Ricardo Vargas

Mientras Teresa Salgueiro presentaba la noche del 13 de diciembre su disco O mistério en el Museo Frida Kahlo (Coyoacán), a ciertos pasos, Jay Rodríguez, portando un traje sobrio, apareció en el escenario del Centro Cultural Roberto Cantoral para acomodar los instrumentos de viento que lo acompañarían durante la presentación de Vehicle of Ascension.

(Minutos antes, Agustín Bernal y su cuarteto nos obsequiaron ramilletes de jacarandas extintas.)

Rodríguez sentó saxos, clarinete y flauta, uno a uno al frente, con la sutileza de quien pasa desapercibido, sin el semblante jazztarPete Drungle y Victor Jones también supervisaron sus instrumentos, con seriedad y sonrisas (los bateristas siempre sonríen): piano y percusiones; entonces, la voz en off de Sara Valenzuela lanzó el puente de entrada a la tercera llamada, mientras la oscuridad se hizo.

Una flauta con reminiscencias a Roland Kirk disipó la primera estrella. Afuera, llovió el resto. Mientras tanto, la narración visual de las ceremonias de la iluminación se concentró en los laberintos de Hundertwasser, deidades solares y objetos voladores no identificados que, en una partitura musical y notas poéticas, ascendieron hacia un Be bang: cumbre del fuego, para incitarnos al relato curvilíneo. Solemos responder a los impulsos narrativos, aunque, sugiere Adorno: “la música es un relato que no dice nada”, es decir, todo. Todo lo que queramos ensoñar.

¿Melodistas, orquestadores, polifonistas o racionalistas poéticos? Vehicle of Ascension interrogó la horizontalidad y erigió un diseño propio y discontinuo, contra el ateísmo de las líneas rectas, como en la circularidad de Hügelwiesenland. Frente a ese paisaje, las notas de Drungle y Jones pringaron con complicidad, cual gotas brotantes, frente a un Jay Rodríguez en cuclillas, arguyendo una controversia musical, cual núcleo de tensión lírica, para desatar la implosión final, en un obelisco en fuga, al estilo sensorial de Koyaanisqatsi, con repeticiones, querellas y esperas discontinuas.

El pilar fue tripartito; a veces, irónico y contrapunteado. Vehicle of Ascension buscó el tiempo, del gemido ventoso al grito placentero, de la comedia de nuestra conciencia: terminamos bailando solos, como espectadores nonatos delante del mito sonoro de un cosmos que nos abduje, tal como Gonzalo Rojas escribiera, con la “gana de ser universo”; un universo ludópata, ansioso y amorfo, sin plano tonal, pero relator de afectos y gestos. (Los hombros de Rodríguez no niegan su herencia bonguera.)

Sí hubo banda: nadie dudó del espíritu de los extraterrestres. Desde la huella de una ladera este, antes del fin del mundo.

Diciembre 2012

Zazil Collins

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