Omen

“El mundo necesita del eterno mundo”

pregona la bruja

su descarga corcovada

toca mis manos

en un duelo de espejos

omen omen

la bruja sin vaharada

omen omen omen

repito omen y la bruja es catarata

bang bang la casamata

tengo un dolor

estoy triste

porque el corazón me duele en la garganta

primera muerte

segunda muerte

tercera muerte y es la cobra

el sueño que se arrastra

en una tierra grisácea

parcela de luna

ten piedad de nosotros

en el mundo de la nostalgia

escucho un réquiem

y una bisagra en la que se fuga un lamento

omen omen

la bruja me unta el barro

la cobra retorna a su propio espanto

: el eterno mundo son mis amigos luchando

omen omen omen

repito omen y la bruja es amor

Lidia

Mi mujer lidia al toro que morirá
-se trata de Sexo-
Muere fundido con un beso cadavérico,
y beso al beso dentro de la boca
-ellos lloran-
El fruto, el higo, me da la vida
abriendóseme de piernas,
como al que le acecha:
el cuerpo de mi hombre sicofante
que prende su quinqué herido.

*Inspirado en ‘Un perro llamado Dolor’, largometraje de Luis Eduardo Aute.

La discontinuidad de Vehicle of Ascension

El silencio/ es el espacio de la música:/ un espacio/ inextenso:

Octavio Paz

Vehicle of Ascension / Foto: Ricardo Vargas

Vehicle of Ascension / Foto: Ricardo Vargas

Mientras Teresa Salgueiro presentaba la noche del 13 de diciembre su disco O mistério en el Museo Frida Kahlo (Coyoacán), a ciertos pasos, Jay Rodríguez, portando un traje sobrio, apareció en el escenario del Centro Cultural Roberto Cantoral para acomodar los instrumentos de viento que lo acompañarían durante la presentación de Vehicle of Ascension.

(Minutos antes, Agustín Bernal y su cuarteto nos obsequiaron ramilletes de jacarandas extintas.)

Rodríguez sentó saxos, clarinete y flauta, uno a uno al frente, con la sutileza de quien pasa desapercibido, sin el semblante jazztarPete Drungle y Victor Jones también supervisaron sus instrumentos, con seriedad y sonrisas (los bateristas siempre sonríen): piano y percusiones; entonces, la voz en off de Sara Valenzuela lanzó el puente de entrada a la tercera llamada, mientras la oscuridad se hizo.

Una flauta con reminiscencias a Roland Kirk disipó la primera estrella. Afuera, llovió el resto. Mientras tanto, la narración visual de las ceremonias de la iluminación se concentró en los laberintos de Hundertwasser, deidades solares y objetos voladores no identificados que, en una partitura musical y notas poéticas, ascendieron hacia un Be bang: cumbre del fuego, para incitarnos al relato curvilíneo. Solemos responder a los impulsos narrativos, aunque, sugiere Adorno: “la música es un relato que no dice nada”, es decir, todo. Todo lo que queramos ensoñar.

¿Melodistas, orquestadores, polifonistas o racionalistas poéticos? Vehicle of Ascension interrogó la horizontalidad y erigió un diseño propio y discontinuo, contra el ateísmo de las líneas rectas, como en la circularidad de Hügelwiesenland. Frente a ese paisaje, las notas de Drungle y Jones pringaron con complicidad, cual gotas brotantes, frente a un Jay Rodríguez en cuclillas, arguyendo una controversia musical, cual núcleo de tensión lírica, para desatar la implosión final, en un obelisco en fuga, al estilo sensorial de Koyaanisqatsi, con repeticiones, querellas y esperas discontinuas.

El pilar fue tripartito; a veces, irónico y contrapunteado. Vehicle of Ascension buscó el tiempo, del gemido ventoso al grito placentero, de la comedia de nuestra conciencia: terminamos bailando solos, como espectadores nonatos delante del mito sonoro de un cosmos que nos abduje, tal como Gonzalo Rojas escribiera, con la “gana de ser universo”; un universo ludópata, ansioso y amorfo, sin plano tonal, pero relator de afectos y gestos. (Los hombros de Rodríguez no niegan su herencia bonguera.)

Sí hubo banda: nadie dudó del espíritu de los extraterrestres. Desde la huella de una ladera este, antes del fin del mundo.

Diciembre 2012

Zazil Collins

Tónica: la tromba del jazz

Primer encuentro internacional de jazz en Jalisco

Toma #1 Longina de ébano

Al guitarrista Werther Ellerbrock lo sorprendió su apéndice, por lo que dio el aviso de que el jueves 8 de agosto no podría abrirle paso a la “Diva del soul”, Bettye Lavette, en Guadalajara. Así, un trío dinámico surgió.

Camino al Teatro Degollado, próximos a llegar, Ray Rodríguez sacó un libro con la poesía de la colombiana Meira Delmar. Un libro verde agua, de bolsillo, que Paloma Dueñas (cuyo elemento son los beat-poems, junto a The Oscar Fuentes Combo) tomó para comenzar a vocalizar sobre una tonada peculiar. Ray y Dean Bowman la conocían: “Longina”, la Longina ébano del cubano Manuel Corona.

En menos de media hora el trío improvisó el set que recibiría la séptima noche del Primer Encuentro Internacional de Jazz en Jalisco: con un lenguaje misterioso, un tema que destacó sensibilidad. Las voces de Dueñas, Bowman y el sax de Rodríguez ofrendaron las notas que recibieron los efusivos aplausos del público.

Quiero saber si lo que busco/ queda en el sueño o en la infancia/, recitaba Paloma. Era el poema “Regresos”, de Delmar.

Mientras tanto, Bettye Lavette y sus músicos salían a prisa del hotel, rayando las manecillas. Con descuido y desboque, los técnicos instalaron los instrumentos que arribaron tarde. Lavette de rojo, enfundada en una bata blanca de flores, desconocía que conquistaría oídos mientras su voz en off interpretaba “The word” y salía tras bastidores con un contoneo propio de unas piernas al lozano estilo Tina Turner. El piano falló durante el tercer tema, quizá el cuarto, poco antes de que la Diva asustara a todos al enredarse sus tacones con unos cables del escenario.

Como Longina, su encanto también fue juvenil, con la vitalidad de quien comenzó una carrera musical a los 16 años con el tema precoz de “My man”; unidas a “Joy”, las caderas escénicas de la Lavette revivieron la añoranza por el R&B del siglo XX, que celebró, como celebró sus 50 años de carrera, cantando “Yesterday is here”, de Tom Waits.

Pero hasta los más enérgicos piden esquina; Lavette, poco a poco, fue intensificando la jornada nocturna con altas dosis de romanticismo, a la luz de las estrellas de neón del lienzo aterciopelado de fondo. Hubo quien no lo resistió; algunos alumnos del Seminario desearon más negrura en el show. Los perseverantes se levantaron en aplausos para despedirla, mientras su leal asistente la esperaba tras telones con su bata preferida. Sonriente, la oriunda de Detroit descansó: Guadalajara, pese a las lisérgicas blind lights del teatro, la acogió hasta la conmoción.

Sin contar a la programadora, sólo fueron cinco mujeres las que participaron y encabezaron los escenarios musicales de Tónica; Lavette, la de mayor trayectoria. No sorprende, el jazz es un género predominantemente masculino; las alumnas no sumaron más de 35. Casi todas se enfocan al canto.

Toma #2 El gurú atónico

La mañana del jueves 8 de agosto un hombre desparpajado y taciturno, con su instrumento al hombro, se enfiló para tomar el vuelo Y4 734 en la sala 11 del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México; abordó con timidez y escogió uno de los últimos asientos del avión. Nos miramos con sospecha. Tras 50 minutos, aterrizamos en Guadalajara; César, de ojos claros y cabello rizado, ya nos esperaba con un letrero en mano en cuya leyenda se leía “Tónica”, y nos presentamos, sin escuchar los nombres.

En una charla fática, como quien habla del clima para romper la energía, intercambiamos opiniones del vuelo y Guadalajara… La conversación brincó al canto de las yubarta. En 2003, nos contó a César y a mí, había viajado con 10 músicos y un equipo de científicos de la Universidad Autónoma de Baja California Sur por el Golfo de California para grabar el canto de las ballenas; era marzo, quizá comienzos de abril. El proyecto no tuvo final feliz y la UABCS no lo publicó, pero él editó la grabación del canto de un macho en una placa que publicó el sello Jazzorca: Zona de desfragmentación; desde luego le pedí una copia. Pese a su nombre en contraportada, no lo reconocí. Nos despedimos en el lobby.

Por la tarde, en la Expo Guadalajara entré a un pequeño auditorio donde, frente a 13 estudiantes del Seminario y un colega, el músico del vuelo Y4 734 comenzaba una plática sobre la sinestesia y la percepción: era Germán Bringas, el gurú atónico del free jazz.

Luego de confesar sus experiencias telepáticas con su banda Zero Point, y que su mayor influencia es el disco Interstellar Space, de John Coltrane, Bringas instó a explorar la curiosidad, semilla del lenguaje musical, rompiendo las reglas, y a buscar la conmoción: “la música también es una función social, no sólo un concierto, y la conmoción una puerta para recibir información para tu camino personal”. El concierto es el comienzo: “Cuando se adquieren riesgos es cuando la gente saca la cara propia, ese gozo original. Ahí hay muchas formas de conciencia; con otras leyes, porque está en otros planos de velocidad”.

Algunos alumnos tomaban apuntes; otros se acariciaban la barbilla. Alguien estornudó. Ver colores con los sonidos, en la teoría de Bringas, es posible para todo músico, sobre todo se si siguen sus técnicas de entrenamiento (aunque las enseñanzas del gurú no deben realizarse en casa sin la supervisión de un adulto); a él le ayudó subir un monte en 4 horas y bajarlo corriendo, de noche, en 6 minutos; meditar viendo fijamente una planta, romper la energía del puente de sus muñecas y dejarlas conmocionarse, así como colgarse de un árbol 4 horas, para luego pasar otras 4 dentro de un hoyo cavado por él mismo. El free jazz es como un deporte extremo, decía; ahorita vamos a practicar, decía. Un estudiante preguntó si se podía lograr eso estando sobrio.

… De pronto, 14 personas se acomodaron en tres filas al frente del salón Eugenio Toussaint; cerraron los ojos y respiraron profundo antes de “sumergirse” en el hoyo, vocalizando una nota, de acuerdo con el color vibrante de su ser.

–Noto que tú te estás metiendo mal al hoyo (hay que entrar de cabeza), como en zigzag… No, hay que fluir.

Un ataque de risa autoexilió a dos alumnos.

–¿Si no veo colores, es normal?, preguntó preocupado un seminarista.

–Completamente, es poco a poco; ¿qué colores vieron?

–¡Verde negruzco!

–¡Sí!, verde…

–Ya lo irán desarrollando; es una técnica que, siempre lo digo, aplica para todas las artes. Es más sencillo que sentarse con el ohm.

Las cabezas de los alumnos asintieron con modo dub. Antes de despedirse, Bringas presentó al Tank Tromp. De ahí, jaló con sus amigos de Acasia. El hotel no le era del todo acogedor; no tenía el espíritu de un encuentro de jazz, pensó.

Toma #3 Gangsters

No se puede ser mafioso de noche y maestro de día, espetó el ansioso contrabajista, desesperado porque no podían organizar la transportación del contrabajo de Ben Allison que, luego de su papel protagónico en el Teatro Degollado la noche del viernes 9 de agosto, tenía como destino el bar Matera. Es un bar fresísimo, se rumoraba en los asientos del Degollado, y hacia allá se dirigían un MC y cuatro músicos ataviados de negro; en el trayecto, el cuarteto anudaban sus corbatas, acomodaban el saco galante, los sombreros a la Sinatra y preparaban los lentes negros. Al mismo tiempo, pero afuera de un hotel, el pianista esperaba un coche que no llegaba. Faltaba poco para que el gang se encontrara. 

Remi Álvarez, Gabriel Puentes, Blair Latham y Carlos Maldonado se instalaron en una esquina del bar, frente a las cavas. Jaramar (próxima a reeditar su primer disco), que estaba entre el público, se acercó a saludarlos.

–¿Ya están completos?

–No, falta Nico.

Entonces, Nicolás Santella arribó.

Detrás de uno de los amplificadores se acomodó Eric El Niño (además de acompañar a Iraida Noriega en sus clases del Seminario, llegó a Guadalajara a preparar un whisky en las rocas para su próximo disco). Un día antes acordaron que se uniría a tirar rimas en el quinto tema de seis; específicamente en la “composición callejera” de los Chocolate Smoke Gang: “Black panter”.

Ahí me echas una mirada cuando quieras que entre, sugirió El Niño a Chars Maldonado.

Carlos le palmeó el compás en la caja del contrabajo.

Entre el amontonado público, Alain Derbez se abrió paso y logró sentarse en el piso, frente a la banda; horas antes había estado en una mesa de diálogo sobre la educación del jazz en México, junto a Edgar Dorantes y Eduardo Piastro, quien compartía con todo el que podía la aplicación de iPhone que Israel Cupich le enseñó: Foster; Iraida se convenció de comprarla.

(En agosto del 2014, lo pactaron en Tónica, integrantes de la Escuela Superior de Música y Jazz UV se encontrarán en Jazzatlán: entre Veracruz y D.F., Puebla es el puente. Los alumnos de jazz en el norte, Morelia y Chiapas quedarán al margen. Los de Morelia ya lo están; aunque la licenciatura en jazz está aprobada, no cuenta con presupuesto para arrancar: “quizá en dos años, ahorita el gobierno del estado está más preocupado en que no lo balaceen”, declaró Juan Alzate la tarde del viernes 9.)

… Fernando Toussaint y Adrián Escamilla, que ayudó a los Chocolate a vender discos, también visitaron el ruidoso bar. De vez en cuando, Maldonado paraba a preguntar al gang si estaban bien o necesitaban algo: no comenzarían a tocar sin agua ni cerveza. Ante el microfoneo público, no tardaron en servirles. Los músicos hubieran preferido tocar sin tanto bullicio, pero lo disfrutaron. Al menos, rompieron la energía. La espiral del jazz los abdujo a los vapores de una habitación plan europeo.

Toma #4 Ben Allison

Con jeans, playera blanca y Converse, Shane Endsley espera sobre la avenida López Mateos para cruzar hacia Plaza del Sol. Su mano derecha sostiene un cigarro. Camina confiado, como si fuera una ruta cotidiana; se dirige a Expo Guadalajara. Endsley es uno de los músicos favoritos de Ben Allison en toda Nueva York; los otros dos: Steve Cárdenas y Mark Guiliana, desde luego, a quienes invitó para el show de la noche del viernes en el Teatro Degollado.

Noche que el trío de Daniel López inició a las 20:30 horas.

Él es muy bueno… lo que pasa es que el jazz es un género difícil… Hay que moverse en el escenario, hasta lo que se dice es importante, pronunció Eduardo Piastro en el intermedio.

La tarima permanecía solitaria.

A la par, Piastro, Eric El Niño y yo conversábamos sobre el ejercicio: la natación, la bicicleta y el twist & shape; Iraida y su hijo Nico configuraban su celular, y Citlalli Toledo comentaba que Tónica era un encuentro muy intenso. (Horas antes, Piastro la había cachado en un sueño profundo en la cafetería. Citlalli era alumna de canto de Dean Bowman; se rumoraba que había fundado un crew de cuidado.)  

La tercera llamada llegó. Ben Allison y su banda salieron al escenario; él agradeció estar en un reciento como ese, además de reconocer el trabajo y atenciones de Sara Valenzuela; sus primeras interpretaciones, entre sonrisas y comentarios, fueron “Tricky Dicky”, “Fred” y también “Someday We’ll All Be Free”, del más reciente álbum Action-Refraction, que invitó a descargar desde su sitio web. Hubo “Blues”, funkeo, fabulosos solos (contrabajo, trompeta, batería, guitarra) y encore; aplausos desbordantes y asombro. El cuarteto transpiró goce.

Toma #5 Gesualdo y la catástrofe

Sin saberlo, Álvaro, de Transportadora El Venado, conducía a la presentación que se convertiría, de forma inesperada, en la última de Tónica. Eran casi las 11 de la noche del sábado 10; llovía, sí, aunque poco.

“¡Pero qué nos diste, Nico!”, cuestionaba uno de los músicos risueños, cuando de pronto el viento arreció. La intensidad pluvial se acrecentaba, pero a nadie preocupaba; Adrián Escamilla, Nicolás Santella, Pablo Aguirre y Vico Díaz examinaban si montar un irónico ensamble gótico, algo gregoriano. Todos reían, hasta que la van llegó al Candela y no permitieron el descenso. Con la señal de “team-back” y “vete a dar una vuelta”, Álvaro se percató de que se filtraba agua en el lugar, así que mientras lo arreglaban, condujo en círculos hasta detenerse a la vuelta:

Aquí no hay árboles que nos caigan, explicó.  

Se hizo el silencio. Quizá porque todos pensamos en algunas madres. La lluvia era ya tromba.

–¿Alguien trae audífonos?, preguntó Pablo.

No, pero yo puedo darte un tono bajo, Vico mezzosoprano… contestó Adrián.

Metzo-soprano, corrigió Vico, y se puso a cantar el coro de “Get lucky”, de Daft Punk.

Para entonces, ninguno imaginaba que Stomu Takeishi, Steve Cárdenas y Ben Allison se aferraban a tocar, cual orquesta en el Titanic, mientras los botes de basura del Foro volaban, la gente buscaba su resguardo e Iraida Noriega corría entre cables para rescatar sus pedales (fue un bajón, dijo al día siguiente). Uno de los toldos del escenario se había caído y el equipo sufría las consecuencias.

Desde la van se veía el agua correr por la calle cual riachuelo, fusibles quemarse, la luz irse y el viento forcejear; caían led’s del cielo… El tiempo se amenizaba con anécdotas espeluznantes:

¿Te sabes la historia de Gesualdo? Preguntó Adrián a Nico.

–Sé que era un príncipe ahí medio depresivo…

No, no mames; ese güey mató a la esposa y a su amante, y luego a sus hijos… Hizo que un coro cantara mientras los mecía y se iban muriendo. El coro cantó tres días. El Carlo Gesualdo di Venosa…

Qué culero, estaba loco, ahí se deprimió, agregó Vico.

Deprimido ya estaba, dijo Nico.

Otro silencio largo fue interrumpido por Vico, quien otra vez cantaba: “We’re up all night for good fun/ We’re up all night to get lucky”. Ritmo y carisma. Escamilla limpiaba su saxofón; lo afinó con “Caballo de la sabana”.

Ya a punto de dar el portazo en el Candela, la lluvia terminó; entramos. Los músicos al frente, yo a la barra. Ahí, la mesera preguntó quiénes eran; nadie avisó al bar qué grupo estaría:

Los clientes me están preguntando y no sé qué decirles…

El cuarteto de Adrián Escamilla; ¿¡no les avisaron!?

No… la verdad es un evento algo elitista.

“Pinche música bien rara, comentó un comensal”, entre la afinidad y el desconcierto. Gradualmente, el público comenzó a escuchar a los músicos; excepto los turistas angloparlantes.

Afuera, los árboles, de raíz, seguían cayendo. Gabriel Puentes vía SMS le antelaba a Pablo: “se suspenden actividades de mañana por catástrofe”.

Por la madrugada, algunos músicos practicaban su nado sincronizado en la alberca del hotel.

Agosto de 2015

Zazil Collins