La discontinuidad de Vehicle of Ascension

El silencio/ es el espacio de la música:/ un espacio/ inextenso:

Octavio Paz

Vehicle of Ascension / Foto: Ricardo Vargas

Vehicle of Ascension / Foto: Ricardo Vargas

Mientras Teresa Salgueiro presentaba la noche del 13 de diciembre su disco O mistério en el Museo Frida Kahlo (Coyoacán), a ciertos pasos, Jay Rodríguez, portando un traje sobrio, apareció en el escenario del Centro Cultural Roberto Cantoral para acomodar los instrumentos de viento que lo acompañarían durante la presentación de Vehicle of Ascension.

(Minutos antes, Agustín Bernal y su cuarteto nos obsequiaron ramilletes de jacarandas extintas.)

Rodríguez sentó saxos, clarinete y flauta, uno a uno al frente, con la sutileza de quien pasa desapercibido, sin el semblante jazztarPete Drungle y Victor Jones también supervisaron sus instrumentos, con seriedad y sonrisas (los bateristas siempre sonríen): piano y percusiones; entonces, la voz en off de Sara Valenzuela lanzó el puente de entrada a la tercera llamada, mientras la oscuridad se hizo.

Una flauta con reminiscencias a Roland Kirk disipó la primera estrella. Afuera, llovió el resto. Mientras tanto, la narración visual de las ceremonias de la iluminación se concentró en los laberintos de Hundertwasser, deidades solares y objetos voladores no identificados que, en una partitura musical y notas poéticas, ascendieron hacia un Be bang: cumbre del fuego, para incitarnos al relato curvilíneo. Solemos responder a los impulsos narrativos, aunque, sugiere Adorno: “la música es un relato que no dice nada”, es decir, todo. Todo lo que queramos ensoñar.

¿Melodistas, orquestadores, polifonistas o racionalistas poéticos? Vehicle of Ascension interrogó la horizontalidad y erigió un diseño propio y discontinuo, contra el ateísmo de las líneas rectas, como en la circularidad de Hügelwiesenland. Frente a ese paisaje, las notas de Drungle y Jones pringaron con complicidad, cual gotas brotantes, frente a un Jay Rodríguez en cuclillas, arguyendo una controversia musical, cual núcleo de tensión lírica, para desatar la implosión final, en un obelisco en fuga, al estilo sensorial de Koyaanisqatsi, con repeticiones, querellas y esperas discontinuas.

El pilar fue tripartito; a veces, irónico y contrapunteado. Vehicle of Ascension buscó el tiempo, del gemido ventoso al grito placentero, de la comedia de nuestra conciencia: terminamos bailando solos, como espectadores nonatos delante del mito sonoro de un cosmos que nos abduje, tal como Gonzalo Rojas escribiera, con la “gana de ser universo”; un universo ludópata, ansioso y amorfo, sin plano tonal, pero relator de afectos y gestos. (Los hombros de Rodríguez no niegan su herencia bonguera.)

Sí hubo banda: nadie dudó del espíritu de los extraterrestres. Desde la huella de una ladera este, antes del fin del mundo.

Diciembre 2012

Zazil Collins

Tónica: la tromba del jazz

Primer encuentro internacional de jazz en Jalisco

Toma #1 Longina de ébano

Al guitarrista Werther Ellerbrock lo sorprendió su apéndice, por lo que dio el aviso de que el jueves 8 de agosto no podría abrirle paso a la “Diva del soul”, Bettye Lavette, en Guadalajara. Así, un trío dinámico surgió.

Camino al Teatro Degollado, próximos a llegar, Ray Rodríguez sacó un libro con la poesía de la colombiana Meira Delmar. Un libro verde agua, de bolsillo, que Paloma Dueñas (cuyo elemento son los beat-poems, junto a The Oscar Fuentes Combo) tomó para comenzar a vocalizar sobre una tonada peculiar. Ray y Dean Bowman la conocían: “Longina”, la Longina ébano del cubano Manuel Corona.

En menos de media hora el trío improvisó el set que recibiría la séptima noche del Primer Encuentro Internacional de Jazz en Jalisco: con un lenguaje misterioso, un tema que destacó sensibilidad. Las voces de Dueñas, Bowman y el sax de Rodríguez ofrendaron las notas que recibieron los efusivos aplausos del público.

Quiero saber si lo que busco/ queda en el sueño o en la infancia/, recitaba Paloma. Era el poema “Regresos”, de Delmar.

Mientras tanto, Bettye Lavette y sus músicos salían a prisa del hotel, rayando las manecillas. Con descuido y desboque, los técnicos instalaron los instrumentos que arribaron tarde. Lavette de rojo, enfundada en una bata blanca de flores, desconocía que conquistaría oídos mientras su voz en off interpretaba “The word” y salía tras bastidores con un contoneo propio de unas piernas al lozano estilo Tina Turner. El piano falló durante el tercer tema, quizá el cuarto, poco antes de que la Diva asustara a todos al enredarse sus tacones con unos cables del escenario.

Como Longina, su encanto también fue juvenil, con la vitalidad de quien comenzó una carrera musical a los 16 años con el tema precoz de “My man”; unidas a “Joy”, las caderas escénicas de la Lavette revivieron la añoranza por el R&B del siglo XX, que celebró, como celebró sus 50 años de carrera, cantando “Yesterday is here”, de Tom Waits.

Pero hasta los más enérgicos piden esquina; Lavette, poco a poco, fue intensificando la jornada nocturna con altas dosis de romanticismo, a la luz de las estrellas de neón del lienzo aterciopelado de fondo. Hubo quien no lo resistió; algunos alumnos del Seminario desearon más negrura en el show. Los perseverantes se levantaron en aplausos para despedirla, mientras su leal asistente la esperaba tras telones con su bata preferida. Sonriente, la oriunda de Detroit descansó: Guadalajara, pese a las lisérgicas blind lights del teatro, la acogió hasta la conmoción.

Sin contar a la programadora, sólo fueron cinco mujeres las que participaron y encabezaron los escenarios musicales de Tónica; Lavette, la de mayor trayectoria. No sorprende, el jazz es un género predominantemente masculino; las alumnas no sumaron más de 35. Casi todas se enfocan al canto.

Toma #2 El gurú atónico

La mañana del jueves 8 de agosto un hombre desparpajado y taciturno, con su instrumento al hombro, se enfiló para tomar el vuelo Y4 734 en la sala 11 del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México; abordó con timidez y escogió uno de los últimos asientos del avión. Nos miramos con sospecha. Tras 50 minutos, aterrizamos en Guadalajara; César, de ojos claros y cabello rizado, ya nos esperaba con un letrero en mano en cuya leyenda se leía “Tónica”, y nos presentamos, sin escuchar los nombres.

En una charla fática, como quien habla del clima para romper la energía, intercambiamos opiniones del vuelo y Guadalajara… La conversación brincó al canto de las yubarta. En 2003, nos contó a César y a mí, había viajado con 10 músicos y un equipo de científicos de la Universidad Autónoma de Baja California Sur por el Golfo de California para grabar el canto de las ballenas; era marzo, quizá comienzos de abril. El proyecto no tuvo final feliz y la UABCS no lo publicó, pero él editó la grabación del canto de un macho en una placa que publicó el sello Jazzorca: Zona de desfragmentación; desde luego le pedí una copia. Pese a su nombre en contraportada, no lo reconocí. Nos despedimos en el lobby.

Por la tarde, en la Expo Guadalajara entré a un pequeño auditorio donde, frente a 13 estudiantes del Seminario y un colega, el músico del vuelo Y4 734 comenzaba una plática sobre la sinestesia y la percepción: era Germán Bringas, el gurú atónico del free jazz.

Luego de confesar sus experiencias telepáticas con su banda Zero Point, y que su mayor influencia es el disco Interstellar Space, de John Coltrane, Bringas instó a explorar la curiosidad, semilla del lenguaje musical, rompiendo las reglas, y a buscar la conmoción: “la música también es una función social, no sólo un concierto, y la conmoción una puerta para recibir información para tu camino personal”. El concierto es el comienzo: “Cuando se adquieren riesgos es cuando la gente saca la cara propia, ese gozo original. Ahí hay muchas formas de conciencia; con otras leyes, porque está en otros planos de velocidad”.

Algunos alumnos tomaban apuntes; otros se acariciaban la barbilla. Alguien estornudó. Ver colores con los sonidos, en la teoría de Bringas, es posible para todo músico, sobre todo se si siguen sus técnicas de entrenamiento (aunque las enseñanzas del gurú no deben realizarse en casa sin la supervisión de un adulto); a él le ayudó subir un monte en 4 horas y bajarlo corriendo, de noche, en 6 minutos; meditar viendo fijamente una planta, romper la energía del puente de sus muñecas y dejarlas conmocionarse, así como colgarse de un árbol 4 horas, para luego pasar otras 4 dentro de un hoyo cavado por él mismo. El free jazz es como un deporte extremo, decía; ahorita vamos a practicar, decía. Un estudiante preguntó si se podía lograr eso estando sobrio.

… De pronto, 14 personas se acomodaron en tres filas al frente del salón Eugenio Toussaint; cerraron los ojos y respiraron profundo antes de “sumergirse” en el hoyo, vocalizando una nota, de acuerdo con el color vibrante de su ser.

–Noto que tú te estás metiendo mal al hoyo (hay que entrar de cabeza), como en zigzag… No, hay que fluir.

Un ataque de risa autoexilió a dos alumnos.

–¿Si no veo colores, es normal?, preguntó preocupado un seminarista.

–Completamente, es poco a poco; ¿qué colores vieron?

–¡Verde negruzco!

–¡Sí!, verde…

–Ya lo irán desarrollando; es una técnica que, siempre lo digo, aplica para todas las artes. Es más sencillo que sentarse con el ohm.

Las cabezas de los alumnos asintieron con modo dub. Antes de despedirse, Bringas presentó al Tank Tromp. De ahí, jaló con sus amigos de Acasia. El hotel no le era del todo acogedor; no tenía el espíritu de un encuentro de jazz, pensó.

Toma #3 Gangsters

No se puede ser mafioso de noche y maestro de día, espetó el ansioso contrabajista, desesperado porque no podían organizar la transportación del contrabajo de Ben Allison que, luego de su papel protagónico en el Teatro Degollado la noche del viernes 9 de agosto, tenía como destino el bar Matera. Es un bar fresísimo, se rumoraba en los asientos del Degollado, y hacia allá se dirigían un MC y cuatro músicos ataviados de negro; en el trayecto, el cuarteto anudaban sus corbatas, acomodaban el saco galante, los sombreros a la Sinatra y preparaban los lentes negros. Al mismo tiempo, pero afuera de un hotel, el pianista esperaba un coche que no llegaba. Faltaba poco para que el gang se encontrara. 

Remi Álvarez, Gabriel Puentes, Blair Latham y Carlos Maldonado se instalaron en una esquina del bar, frente a las cavas. Jaramar (próxima a reeditar su primer disco), que estaba entre el público, se acercó a saludarlos.

–¿Ya están completos?

–No, falta Nico.

Entonces, Nicolás Santella arribó.

Detrás de uno de los amplificadores se acomodó Eric El Niño (además de acompañar a Iraida Noriega en sus clases del Seminario, llegó a Guadalajara a preparar un whisky en las rocas para su próximo disco). Un día antes acordaron que se uniría a tirar rimas en el quinto tema de seis; específicamente en la “composición callejera” de los Chocolate Smoke Gang: “Black panter”.

Ahí me echas una mirada cuando quieras que entre, sugirió El Niño a Chars Maldonado.

Carlos le palmeó el compás en la caja del contrabajo.

Entre el amontonado público, Alain Derbez se abrió paso y logró sentarse en el piso, frente a la banda; horas antes había estado en una mesa de diálogo sobre la educación del jazz en México, junto a Edgar Dorantes y Eduardo Piastro, quien compartía con todo el que podía la aplicación de iPhone que Israel Cupich le enseñó: Foster; Iraida se convenció de comprarla.

(En agosto del 2014, lo pactaron en Tónica, integrantes de la Escuela Superior de Música y Jazz UV se encontrarán en Jazzatlán: entre Veracruz y D.F., Puebla es el puente. Los alumnos de jazz en el norte, Morelia y Chiapas quedarán al margen. Los de Morelia ya lo están; aunque la licenciatura en jazz está aprobada, no cuenta con presupuesto para arrancar: “quizá en dos años, ahorita el gobierno del estado está más preocupado en que no lo balaceen”, declaró Juan Alzate la tarde del viernes 9.)

… Fernando Toussaint y Adrián Escamilla, que ayudó a los Chocolate a vender discos, también visitaron el ruidoso bar. De vez en cuando, Maldonado paraba a preguntar al gang si estaban bien o necesitaban algo: no comenzarían a tocar sin agua ni cerveza. Ante el microfoneo público, no tardaron en servirles. Los músicos hubieran preferido tocar sin tanto bullicio, pero lo disfrutaron. Al menos, rompieron la energía. La espiral del jazz los abdujo a los vapores de una habitación plan europeo.

Toma #4 Ben Allison

Con jeans, playera blanca y Converse, Shane Endsley espera sobre la avenida López Mateos para cruzar hacia Plaza del Sol. Su mano derecha sostiene un cigarro. Camina confiado, como si fuera una ruta cotidiana; se dirige a Expo Guadalajara. Endsley es uno de los músicos favoritos de Ben Allison en toda Nueva York; los otros dos: Steve Cárdenas y Mark Guiliana, desde luego, a quienes invitó para el show de la noche del viernes en el Teatro Degollado.

Noche que el trío de Daniel López inició a las 20:30 horas.

Él es muy bueno… lo que pasa es que el jazz es un género difícil… Hay que moverse en el escenario, hasta lo que se dice es importante, pronunció Eduardo Piastro en el intermedio.

La tarima permanecía solitaria.

A la par, Piastro, Eric El Niño y yo conversábamos sobre el ejercicio: la natación, la bicicleta y el twist & shape; Iraida y su hijo Nico configuraban su celular, y Citlalli Toledo comentaba que Tónica era un encuentro muy intenso. (Horas antes, Piastro la había cachado en un sueño profundo en la cafetería. Citlalli era alumna de canto de Dean Bowman; se rumoraba que había fundado un crew de cuidado.)  

La tercera llamada llegó. Ben Allison y su banda salieron al escenario; él agradeció estar en un reciento como ese, además de reconocer el trabajo y atenciones de Sara Valenzuela; sus primeras interpretaciones, entre sonrisas y comentarios, fueron “Tricky Dicky”, “Fred” y también “Someday We’ll All Be Free”, del más reciente álbum Action-Refraction, que invitó a descargar desde su sitio web. Hubo “Blues”, funkeo, fabulosos solos (contrabajo, trompeta, batería, guitarra) y encore; aplausos desbordantes y asombro. El cuarteto transpiró goce.

Toma #5 Gesualdo y la catástrofe

Sin saberlo, Álvaro, de Transportadora El Venado, conducía a la presentación que se convertiría, de forma inesperada, en la última de Tónica. Eran casi las 11 de la noche del sábado 10; llovía, sí, aunque poco.

“¡Pero qué nos diste, Nico!”, cuestionaba uno de los músicos risueños, cuando de pronto el viento arreció. La intensidad pluvial se acrecentaba, pero a nadie preocupaba; Adrián Escamilla, Nicolás Santella, Pablo Aguirre y Vico Díaz examinaban si montar un irónico ensamble gótico, algo gregoriano. Todos reían, hasta que la van llegó al Candela y no permitieron el descenso. Con la señal de “team-back” y “vete a dar una vuelta”, Álvaro se percató de que se filtraba agua en el lugar, así que mientras lo arreglaban, condujo en círculos hasta detenerse a la vuelta:

Aquí no hay árboles que nos caigan, explicó.  

Se hizo el silencio. Quizá porque todos pensamos en algunas madres. La lluvia era ya tromba.

–¿Alguien trae audífonos?, preguntó Pablo.

No, pero yo puedo darte un tono bajo, Vico mezzosoprano… contestó Adrián.

Metzo-soprano, corrigió Vico, y se puso a cantar el coro de “Get lucky”, de Daft Punk.

Para entonces, ninguno imaginaba que Stomu Takeishi, Steve Cárdenas y Ben Allison se aferraban a tocar, cual orquesta en el Titanic, mientras los botes de basura del Foro volaban, la gente buscaba su resguardo e Iraida Noriega corría entre cables para rescatar sus pedales (fue un bajón, dijo al día siguiente). Uno de los toldos del escenario se había caído y el equipo sufría las consecuencias.

Desde la van se veía el agua correr por la calle cual riachuelo, fusibles quemarse, la luz irse y el viento forcejear; caían led’s del cielo… El tiempo se amenizaba con anécdotas espeluznantes:

¿Te sabes la historia de Gesualdo? Preguntó Adrián a Nico.

–Sé que era un príncipe ahí medio depresivo…

No, no mames; ese güey mató a la esposa y a su amante, y luego a sus hijos… Hizo que un coro cantara mientras los mecía y se iban muriendo. El coro cantó tres días. El Carlo Gesualdo di Venosa…

Qué culero, estaba loco, ahí se deprimió, agregó Vico.

Deprimido ya estaba, dijo Nico.

Otro silencio largo fue interrumpido por Vico, quien otra vez cantaba: “We’re up all night for good fun/ We’re up all night to get lucky”. Ritmo y carisma. Escamilla limpiaba su saxofón; lo afinó con “Caballo de la sabana”.

Ya a punto de dar el portazo en el Candela, la lluvia terminó; entramos. Los músicos al frente, yo a la barra. Ahí, la mesera preguntó quiénes eran; nadie avisó al bar qué grupo estaría:

Los clientes me están preguntando y no sé qué decirles…

El cuarteto de Adrián Escamilla; ¿¡no les avisaron!?

No… la verdad es un evento algo elitista.

“Pinche música bien rara, comentó un comensal”, entre la afinidad y el desconcierto. Gradualmente, el público comenzó a escuchar a los músicos; excepto los turistas angloparlantes.

Afuera, los árboles, de raíz, seguían cayendo. Gabriel Puentes vía SMS le antelaba a Pablo: “se suspenden actividades de mañana por catástrofe”.

Por la madrugada, algunos músicos practicaban su nado sincronizado en la alberca del hotel.

Agosto de 2015

Zazil Collins

Carta abierta

Para comprender las razones que animan el siguiente texto, resulta indispensable situarse históricamente en los orígenes del Periódico de Poesía (PdeP), revista mexicana de poesía, al principio, inspirada en el Diario de Poesía, publicado en la Argentina durante veinticinco años, a partir de 1986.•

Según puede leerse en la sección Antecedentes de la página del PdeP, éste “nace en 1987, por iniciativa de Marco Antonio Campos y bajo los auspicios de la Universidad Nacional Autónoma de México y la Universidad Autónoma Metropolitana, como un espacio primordial lo mismo para el quehacer poético que para la reflexión y la crítica a partir de éste.


“En cada una de sus distintas épocas, encabezadas por el propio Marco Antonio Campos y Luis Hernández Palacios, Hernán Lara Zavala, Eduardo Vázquez, Raúl Renán, Vicente Quirarte y David Huerta, todos poetas y editores de enorme valía, el Periódico… ha conjuntado diversos esfuerzos y talentos en torno a la siempre noble –aunque tantas veces denostada– labor de difundir la poesía y el pensamiento, en un contexto acre y tradicionalmente refractario a tales manifestaciones del espíritu. 

“Es preciso mencionar aquí el apoyo que, en diversos momentos, esta publicación recibió de otras instituciones coeditoras que, junto con la UNAM, han hecho posible la pervivencia del proyecto a lo largo de estos veinte años que no han sido, precisamente, lo más promisorios para las actividades editoriales y culturales en este país: la propia UAM, el Instituto Nacional de Bellas Artes y el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Dos décadas después, ante un paisaje ya hecho y en el que, siempre, todo está por hacerse, el nuevo equipo editorial de Periódico de Poesía reconoce el trabajo invaluable de quienes nos precedieron”.

A diferencia del Diario de Poesía, que siempre se publicó en papel, el PdeP sacó números físicos hasta 2007, momento en que, bajo la dirección del poeta y traductor Pedro Serrano, se convirtió en una revista virtual. Con todo, anualmente, coincidiendo con la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, se publicaba un anuario en papel, que hacía las veces de antología del período. Durante la gestión de Serrano, el PdeP vivió una importante época de internacionalización, pero también cuidó respetar la historia de la publicación, manteniendo on line los PDF de las anteriores direcciones y reflotando, periódicamente, entrevistas y otros materiales notables, a modo de tributo a los esfuerzos de los anteriores directores.

Y así se mantuvieron las cosas hasta que, en 2018, Jorge Volpi, el actual coordinador de Difusión Cultural de la UNAM, consideró oportuno un recambio generacional y, por lo tanto, el reemplazo de Serrano por el poeta y traductor Hernán Bravo Varela.

La lógica del PdeP entonces cambió. En primer lugar, dejó de ser una publicación mensual para convertirse en algo así como un blog semanal. Por otra parte, por primera vez los colaboradores empezaron a cobrar por sus colaboraciones. Finalmente, desaparecieron todas las referencias on line a lo publicado en las épocas anteriores.

Por esto último, con la excusa de haber sido columnista y colaborador del PdeP durante 10 años, aprincipios de diciembre de 2018 le escribí un mail a Bravo Varela, reclamándole por la desaparición de los materiales previos a su gestión. En la oportunidad, Hernán me dijo que fuera paciente, que, con el tiempo, el problema se iba a solucionar. Y, de hecho, unos días más tarde, me escribió señalándome que se habían instalado “un par de botones para navegar las épocas de la publicación”. Lamentablemente, el “par de botones” sólo permitía acceder al último número de la época anterior del PdeP. Volví a escribirle a Hernán; le dije: “Ahora el vínculo con los números anteriores está visible y resulta práctico. Los que faltan son, precisamente, esos números anteriores. Esperemos que el diseñador o quien sea no los tenga secuestrados ad infinitum”. Entonces, siempre en los mejores términos, Hernán me dijo que iban bien encaminados y que fuera paciente. Le expliqué que la preocupación no era sólo mía y que me había llegado el rumor de que varios ex colaboradores estaban pensando en escribir una carta quejándose de la situación. Me comentó entonces que estarían en su derecho.

Después vino el fin de año con todo lo que ello implica.

El 27 de enero pasado, viendo que nada había cambiado, volví a escribirle a Hernán, quien me explicó un problema personal muy atendible para no haber podido avanzar con la cuestión. Sin embargo, agregaba en su mail: “Como sabrás, el programa de austeridad republicana promovido por López Obrador ha afectado a las propias arcas universitarias, por lo que el presupuesto para colaboradores nacionales está en suspenso, al menos por ahora. Ruego porque no haya una reducción tan dramática que nos haga volver a épocas pasadas del PdP, en las que una remuneración a poetas, traductores, ensayistas y reseñistas mexicanos resultaba imposible. Sobra decir que me uno a tu demanda porque se homologue el material de todas las épocas, de tal manera que la nueva plataforma albergue los contenidos íntegros del PdP. Sin embargo, eso exige fondos con los que, probablemente, no contaremos por ahora. A discreción tuya, envía con confianza esa carta que otros colaboradores y tú han planeado enviar”.

Lo primero que me sorprendió fue que en esta nueva época los colaboradores cobraran, algo que nunca antes logró Pedro Serrano, pese a sus muchos y frecuentes reclamos en este sentido (que me constan).

Lo segundo fue saber que existía un problema técnico de tal magnitud que hacía necesario el desembolso de mucho dinero para su solución.

Con estos datos, redacté una carta y se la envié a aquéllos colaboradores que tenía más a mano. Y agregué el texto siguiente para que se firmara:

“Los abajo firmantes, colaboradores del Periódico de Poesía de la UNAM entre 2007 y 2018, solicitamos encarecidamente  se considere volver a poner a disposición del público nuestras colaboraciones realizadas en la publicación a lo largo de ese lapso.

“Habiéndolas hecho ad honorem, entendemos que la única compensación posible por nuestro trabajo es permitir que los lectores, pasados, presentes y futuros, puedan acceder libremente al fruto de nuestros esfuerzos.

“Nos sentimos orgullosos de haber sido parte del Periódico de Poesía y de que nuestra labor sea parte de su patrimonio. Pedimos entonces que la UNAM se ponga a la altura de nuestro reclamo y corrija una situación que además de dolorosa puede entenderse como ofensiva.”

En cuestión de horas, el texto se viralizó y se formaron cadenas espontáneas de ex colaboradores del PdeP, quienes, desde todo el mundo, fueron remitiéndome las firmas. Es más: varios ex colaboradores, con mayores conocimientos legales, hicieron comentarios muy interesantes que contribuyeron a una comprensión mayor de lo que estaba sucediendo. Uno de esos comentarios, rápidamente compartido por muchos otros firmantes, fue el de Andrés Ehrenhaus, quien, desde Barcelona, escribió: “es totalmente absurdo y anacrónico que dejen perder una base de datos tan rica y significativa, argumentando razones de índole técnica. Además, por másad honorem que hayamos colaborado con el PdP, en ningún caso podríamos haber renunciado a la propiedad intelectual de las obras y textos, que sigue perteneciéndonos y, por tanto, me parece hasta casi ilegal que se tomen medidas respecto de ellos sin consultarnos”.

Otros firmantes, tales como el Dr. Enrique Priego –miembro de varios comités académicos internacionales de humanidades digitales, incluido el comité de comunicaciones ad hoc de la Alianza de Organizaciones de Humanidades Digitales (ADHO) y el consejo ejecutivo de la Asociación de Computadoras en Humanidades (ACH)–, señalaron que el problema técnico era de solución relativamente sencilla.

Por su parte, Pedro Serrano, sorprendido por la iniciativa, se unió al reclamo y escribió una carta pública a Jorge Volpi, quien, como coordinador de Difusión Cultural de la UNAM es el jefe de Rosa Beltrán, la Directora de Literatura de la UNAM, a su vez jefa de Hernán Bravo Varela, el Editor del PdeP. Sintetizando, Pedro decía que era urgente tomar medidas para reponer el material desaparecido de la web.

Para entonces, Hernán Bravo Varela envío un mail colectivo –que se agregaba a la campaña de Tweets salidos del PdeP–, donde manifestaba estar al corriente de mis preocupaciones y, contestaba en nombre del PdeP y de la Dirección de Literatura de la UNAM que “Todos los contenidos del PdP, tanto de su época impresa como de la digital, son perfectamente accesibles y consultables en línea. La época impresa puede consultarse en esta dirección: http://www.archivopdp.unam.mx/index.php/del-papel-a-pdf; la digital, correspondiente a los años que van del 2007 al 2018, se puede consultar en esta otra: http://www.archivopdp.unam.mx/. Ambos sitios están vinculados en la plataforma de la nueva época del PdP, tanto en la página de inicio (a través de dos botones al calce) como en el menú principal”.

Según comprobaron de inmediato muchos de los ex colaboradores que recibieron ese mail de Hernán, el vínculohttp://www.archivopdp.unam.mx/ no iba a ningún lado y se producía un efecto de loop, que sólo permitía ver los dos últimos números de la gestión anterior. Quienes así lo advirtieron, lo dijeron por escrito: la plataforma sobre la que había sido creado el PdeP digital tenía la lógica de un sitio web y, por lo tanto, de una revista; la actual, invocando un dinamismo que no es tal, coincidía con la de plataforma de un blog, y de ahí la incompatibilidad. Se armó así una nueva cadena de mails que se interrumpió algo más tarde, porque, de la nada, como en una de esas actuaciones del ilusionista David Copperfield, aparecieron mágicamente los índices de los números del PdeP publicados durante la gestión de Pedro Serrano.

Así, a 24 hs. de comenzada la campaña de firmas y del envío de la carta de Pedro Serrano a Jorge Volpi, lo que iba a llevar tanto tiempo y tantos recursos, y en seis meses no se había intentado solucionar, ahora se solucionaba, al menos en forma parcial –quedan algunos detalles que mejorar–, gracias a que alguien consideró que había que solucionarlo.

Probablemente la decidida intervención de Hernán Bravo Varela fue decisiva. Suponemos que logró que sus superiores acusaran recibo del pedido y que los técnicos hicieran su trabajo. Dicho de otro modo, a la buena voluntad de Hernán se sumó lo que podríamos llamar la voluntad política de sus jefes, súbitamente sensibles a la inquietud de escritores que hicieron llegar sus firmas desde todas partes del mundo. Algunos de ellos son muy célebres y otros no tanto, muchos ocupan cargos muy importantes en las principales universidades del mundo, y, en algunos casos, altos cargos en instituciones internacionalmente reconocidas (como el poeta Edward Hirsch, que preside la John Simon Guggenheim Memorial Foundation). Todos fueron solidarios porque, a lo largo de casi una década, trabajaron gratuitamente para el prestigio de la UNAM.

En nombre de todos los que colaboramos en el PdeP durante la gestión anterior, corresponde entonces hacerles llegar un agradecido saludo a Pedro Serrano, Ana Franco, Mariela Castañeda y Luisa Manero, quienes, contra viento y marea, y con muy poco apoyo institucional, durante 10 años hicieron posible que ésta fuera la revista de todos nosotros. Ojalá cuando termine la gestión de Hernán Bravo Varela podamos decir lo mismo.

Este artículo concluye de manera singular, agradeciéndoles a todos los firmantes –que se detallan a continuación–, sin cuya decidida intervención nada se habría logrado.

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FABIO MORÁBITO (MÉXICO)
HARRYETTE MULLEN (ESTADOS UNIDOS)
JUAN ESMERIO NAVARRO (MÉXICO)
EILÉAN NÍ CHUILLEANÁIN (IRLANDA)
MICHAEL O’LOUGHLIN (IRLANDA)
MAGNUS WILLIAM-OLSSON (SUECIA)
ALFONSO OREJEL SORIA (MÉXICO)
LUCRECIA ORENSANZ (MÉXICO)
JULIO ORTEGA (PERÚ)
YOLANDA PANTÍN (VENEZUELA)
MIGUEL ÁNGEL PETRECCA (ARGENTINA)
JULIA PIERA (ESPAÑA)
GERARDO PINA (MÉXICO)
TOM POW (ESCOCIA)
ERNESTO PRIEGO (MÉXICO)
SUSANNA RAFART (ESPAÑA)
BRENDA RÍOS (MÉXICO)
JOSÉ RAMÓN RIPOLL (ESPAÑA)
MARÍA RIVERA (MÉXICO)
ARMANDO ROA VIAL (CHILE)
VÍCTOR RODRÍGUEZ NÚÑEZ (CUBA)
BERNARDO RUÍZ (MÉXICO)
CARMEN SÁNCHEZ (MÉXICO)
ALEJANDRO SANDOVAL ÁVILA (MÉXICO)
MARK SCHAFER (ESTADOS UNIDOS)
FRANCISCO SEGOVIA (MÉXICO)
MARINA SERRANO (ARGENTINA)
KATHERINE SILVER (ESTADOS UNIDOS)
BLANCA STREPPONI (ARGENTINA)
ALEJANDRO TARRAB (MÉXICO)
JORGE VALDÉZ DÍAZ-VÉLEZ (MÉXICO)
ÁLVARO VALVERDE (ESPAÑA)
CARLOS VITALE (ARGENTINA)
ELIOT WEINBERGER (ESTADOS UNIDOS)
ENRIQUE WINTER (CHILE)
MIGUEL ÁNGEL ZAPATA (PERÚ)
VERÓNICA ZONDEK (CHILE)

Por Jorge Fondebrider

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