Arrostrar (373 días)

Cuando volvamos a vernos

florecerá la blanca lila

y yo te envolveré en almohadas

para alejar de ti las nostalgias.

Hannah Arendt

Alborada. Una trompeta me despierta tocando “Amor eterno”; pinzones de cabecitas rojas y amarillas trinan desesperados; se unen los pregones del gas, la basura, el agua, la campana de la iglesia, aviones, arengas de médicos, enfermeras y trabajadores afuera de Gabriel Mancera o la Secretaría del Trabajo exigiendo condiciones dignas. Por ti y por mí. Hoy es el día 373 del comienzo del confinamiento. He pasado madrugadas escuchando patrullas y ambulancias frente a mi calle, ruta para cuatro hospitales COVID. Mi insomnio se traduce en recuerdos. Reencuentro una fotografía que tomé tras el 19s; la fotografía con las caras que he sido. Los primeros días en aislamiento sentí la similitud de mis horas de insomnio con las del post terremoto, pensando en quienes no quiero perder; en quienes ya he perdido, desde otro rostro. Un rostro cansado.

Los sonidos se han amplificado, inclusive los de las construcciones que nunca pararon o los toques de puertas de vecinos que recorren las colonias de la alcaldía en busca de comida. Lo que tenga, señora, sopa, un guisado… Esta es la herida que convoca a reencontrarnos, con las melodías de fondo de músicos callejeros sedientos, en espera de que alguna moneda caiga desde las ventanas o balcones. “Bésame mucho”, “Amor divino”, “Perfume de gardenias”, El tiempo pasa y no te puedo olvidar, te traigo en mi pensamiento… y las sirenas y las marimbas, marimbas que florecieron por doquier, buscando sustento y, de paso, alegrándonos con covers de Blondie o Gloria Gaynor. Es la herida que convoca a conocer a otros con quienes nunca cruzamos palabras; una herida donde la certeza es frágil, como el amor y la ira. Esa herida en la que abrazamos la oscuridad, los tormentos que se sientan a nuestro lado, junto a la incertidumbre que respira sobre los hombros y nos insta a compartir con quienes alzan sus pañuelos en señal de hambre, los locatarios que desesperados por la quiebra inminente abaratan sus productos, los migrantes atrapados en la Ciudad que, siempre caminando de dos en dos, piden para un taco, en voz muy baja, apenada y exhausta.

“La vida se trata de improvisar con alegría” se lee en una pared de San Antonio ‒calle simbólicamente renombrada como “Graciela Iturbide” tras la marcha del 8M‒, y cuadras después un corazón gigante guarda la frase en otro muro: “Volverás a ser feliz”. Se sueña para atrapar la vida. Anónimos buscan salvar vidas con afiches y firmas de grafiti al lado o debajo de los Quédate en casa. Por ti y por mí. Conversamos, sin saberlo, a través de los sonidos que nos envuelven y habitan: tardes y noches de rock and roll afuera de Metro Etiopía, las aclamaciones de Lady tacos de canasta, el bullicio del mercado Portales, los cuetes a los santos patronos. 

¿Qué se esboza tras los duelos? Lazos, por ti y por mí, como los que expande el proyecto del Recetario de la memoria, donde la comida es alianza, entre madres rastreadoras, un equipo editorial ‒con base en los alrededores del Parque de los Venados‒ y lectores, en busca de pistas de los ausentes, que son de todos, pero tan dolorosos para quienes hemos tenido a alguien desparecido. Mi tío abuelo fue encontrado sin vida, en Baja California Sur, tras desaparecer durante esta pandemia. ¿Cuánto dura en curarse un corazón?

Difuminadas las nubes, cumulunimbus, las miramos tras las caretas, transparencias de nuestros aislamientos. ¿Qué está oculto? En alguna reapertura con ansia de normalidad, Jorge, el mesero de un bar, al aire libre, de la nada cuenta que está deprimido y no tiene con quién hablar. Viaja diario desde el Estado de México hacia la colonia Narvarte; al cierre del bar, debe tomar un transporte público, que ya casi no pasa, que parece que transporta fantasmas. A estas alturas, todos cargamos con espectros, pero arrostramos, como don Bruno Hojitas, que no ha parado de tocar cumbias con su soplido de hojas de laurel, afuera de las taquerías de avenida Universidad, exponiéndose a la indiferencia de quienes hacinados en puestos de tacos escuchan, entre residuos, su constelación de ritmos. “Sólo el sonido convoca el pasado en tiempo real”, escribió Agustín Fernández Mallo, sonido que, en palabras de Alberto Aguilar, propietario de El Convite, ha cambiado durante el confinamiento, tornándose empático y colaborativo desde la calle de Ajusco, en Portales Sur, y alrededores, a través de su Jazz sobre ruedas, breves conciertos a bordo de un vehículo.

Son tiempos para encontrar ánimo, reforzar y reformular la ética que dirija los procesos cívicos que requerimos; siempre en comunidad, porque no hay otra salida y habríamos de volcarnos en defender lo público frente a las dictaduras de la decepción, que habremos de combatir con humor, con contemplación, atrapando ruidos para ponerlos a conversar entre el tráfico y los detalles cotidianos.

El paisaje urbano y sonoro de Municipio Libre ha sido uno de los más activos para el arte; por una parte, Jazzorca inauguró un mural a cargo del pintor Antonio Gritón, y Pizza Jazz se convirtió en un refugio para los músicos, de acuerdo con el saxofonista Adrián Escamilla, pues desde el comienzo del confinamiento ha mantenido sesiones Live, que desembocaron en la grabación de 12 discos que pueden escucharse en conocidas plataformas de streaming. Al cruzar el puente, sobre Tlalpan, mi paso flâneur se pregunta por lo silente frente a la fachada cerrada del California Dancing Club, crisol de generaciones y músicas frente a la algarabía de la gran avenida, intacta como los edificios abandonados y las muescas de un pasado en tiempo real. Nos rodean las muescas: las del Vaquero de Medianoche, Samuel Noyola, en la entrada de La Maraka, murmurándonos sus versos: no le temo a los perros que me saludan/ en el fondo de la noche/ como niños hambrientos de luna,/ con aullidos de alucinante sombra/ y enamorado viento de las esquinas. Esquinas, donde el sonido también se ha vuelto burlonamente alegre, aunque dando un espacio cada vez más ancho a la muerte, en la opinión de Germán Bringas, músico y dueño de Jazzorca. Una muerte que ronda en las torretas incesantes, las aceras atónitas de los hospitales y los parques acordonados, igual que los edificios que el temblor de 2017 vació y los últimos meses han sido derrumbados entre los murmullos.

Se murmura la presencia de paramilitares en Chiapas y que el país debe sumarse a las declaratorias de emergencia climáticas globales, desde las puertas del Instituto Nacional de los Pueblos Indígenas. Y se masculla también, en los cielos nocturnos, una masa de sonidos de fiestas, motores, perros y alcohólicos deambulando sin rumbo, escarbando el polvo de las jardineras abandonadas desde abril 2020.   

Ha comenzado a llover y las bajonubes, en su letargo, nos develan el principio de lo vivo, entre jacarandas y bugambilias como si de un homenaje a los fallecidos se tratara.

Charly, el despachador de la tienda de la esquina de Universidad y Cumbres de Maltrata, falleció al comienzo de la pandemia. Acudieron a cercar y desinfectar el edificio. ¡Cuidado! Zona de alto contagio. Frases como “Saldremos de ésta” comenzaron a circular en las puertas de los vecinos, deseando un buen camino para Charly y esperando que el resto de la comunidad siguiera con salud: la adversidad encontró optimismo; también metamorfosis. Muchos locales han cambiado de giro, cerrado y abierto con intermitencia, otros se han lanzado al vaivén de inauguraciones y saltos al vacío, como un restaurante italiano en Heriberto Frías, que en octubre de 2020 recibió la solicitud de trabajo de un estudiante de medicina, argumentando que prefería trabajar en una cocina, por sus hijos, que arriesgarse en un hospital, en el país con mayores muertes de personal sanitario en el mundo. Se lucha por la vida, aquello que deja sombras y es pendular, como la claridad del sol en las tejas y palmeras que las águilas sobrevuelan en Narvarte, en cuyas calles el cencerro del tiempo toca los cláxones de coches antiguos: Cocodrilos, Cadillacs, Vochos, Mercedes Benz convertibles, Jaguares y hechizos modelos futuristas construidos en talleres mecánicos por los que ronronean gatos, brocas y remachadoras. Se cincela, lubrica e inventa; se reparan viejas promesas en talleres de tornamesas y de restauración de muñecas, muñecas que incluso se venden desde un carrito Geli que visita los parques de la demarcación.

Debajo de nubes lacunosus, los hacedores de ilusión tomaron los altos, con sus bombines y palomas, igual que estudiantes de artes circenses que llevan meses sin trabajo, tanto en Eje Central, como en Mixcoac, y acústicos de músicos vecinos se compartieron desde sesiones caseras, como las de Nicolás Santella, Gabriel Puentes e Israel Cupich, cada martes: las Narvarte Sessions.

La radio también ha hecho magia; la NoFM, desde su casa en avenida Eugenia, ha transmitido sin interrupciones y sin miedo al ruido. Por ti y por mí.

Silencio. Me escurro, poco a poco, por las calles en las que creció El Piojo Herrera, para contemplar la que habría de ser una canción de O’Gorman, la Canción a la Patria, totalmente abandonada, como metáfora de nuestras soledades. Hiato en Eje Central, ruta de aviones, que en volandas aturden nuestra realidad y las certezas más cercanas de los sueños. ¿No oyes ladrar los perros? Serenata en la recaudería. Un clarinete se aleja, mientras que los tamales oaxaqueños, ricos, calientitos, se acercan, a la media noche, para desaparecer por una avenida solitaria, hogar de besugos. Las sirenas me arrullan, en tono de copla popular.

*Una despedida al barrio, abril 2021

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