De seducciones

La soledad que nadie puede acompañar, eso, es vivir.

Izquierda, no, derecha, sí. Contradictorio. Aquí vamos otra vez, titubeando porque mi zurdera me hace algo torpe para los diseños diestros, “correctos” (¿Right?). Izquierda, izquierda, izquierda, izquierda, izquierda… espera, ¿cómo?, qué mentira, ¿en serio? Así fue mi encuentro con Tinder y Bumble durante un par de semanas de contingencia, entre perfiles de hombres que decían tener mi edad, pero aparentaban veinte años más cansados que yo, actores de TV, futbolistas de la primera división, colegas o ex ondas. Un mercado sui generis, al menos en la sección heteronormada. ¿Por qué abrir cuentas en Tinder y Bumble durante una pandemia? Para contrarrestar, un poco, la soledad, tras meses de terminar una relación y estar en confinamiento. Una amiga cercana, todavía en sus 20, me animó, y otro de mis mejores amigos, un “Jude Law del Tinder”, me enunció sus tips. Puras reglas y fórmulas. Hace años tuve, por un lapso de tres semanas Tinder, sin acordar ninguna cita. Mi “mejor” match fue un astrónomo al que, parece, no le cayó bien que no expresara mucho interés por sus perros, mientras chateábamos. No me gusta chatear, problema número uno; conservo un par de ventanas de chat con amigos y amigas muy específicos, básicamente para tontear. Al poco tiempo, conocí en persona a un chico y mi cuenta fue historia. En esta segunda ocasión, el contexto fue diferente, y sí, tuve mi primera y única cita vía esta plataforma, con protocolo Covid, desde luego. Después de una semana, volví a darme de baja. Mudé a Bumble con desánimo; siguiente paso: desactivación. Todo el tiempo me sentí una tía tratando de encajar en códigos ajenos, en los que el amor líquido buamaniano burbujea. Quizá sólo soy una usuaria aburrida, poco interesada en exhibir destrezas. “Ya no es fácil conocer personas”, me decía otra amiga para animarme a seguir “buscando” perfiles compatibles en las plataformas de la inmediatez y el desecho. ¿De eso va la conectividad? En principio, me parecieron vías adecuadas a lo que en estas fechas puede accionarse, para empatizar con otros cuerpos, otras ideas, pero el exceso de filtros que la vida en línea le impone a la real me sobrepasa; mi chip aún busca relaciones análogas, con las que conversar sea igual de electrizante que un encuentro sexual, y que puedan perdurar como amistades también reales, desde el reconocimiento, compañerismo y respeto, cualquiera que sea su puerto de arribo. ¿De verdad nos vemos cuando nos vemos en pantalla? Me aterra pensar que la lectura superficial se está trasladando a la vida real, al estar frente a otros, pero sin conectar, responder, pero sin interés ni deseo, besar, pero sin gozo, anteponiendo siempre una frontera emocional con el otro, cada vez más cerca de la apocalíptica ficción de The Lobster. ¿Por qué dedicar un post a esto? Por la necedad del salmón, de nadar a contracorriente, buscando un fuego que caliente, y porque me niego a ser parte de las dictaduras de la decepción, en las que se respira ilusión. La base de cualquier relación es el coraje, el coraje de explorar y saber que se va a tientas, como un impulso creativo (Bauman dixit). Si seré poeta… Me quedo en la vieja guardia. Hoy, mientras compraba café, un chico de hermosos ojos verdes, después de preguntarme qué mezcla de café llevaba, me invitó un café. Yo quería helado. Qué vida, la del salmón, nadando a contracorriente, diría Jaime López.

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